Por ALEJANDRO FONTENLA (*)
Sócrates vivió hace 2.500 años, y su figura sigue despertando admiración y extrañeza, y suscitando nuevas interpretaciones y estudios, que ya son infinitos. Nunca escribió ni formuló teoría alguna. Caminaba por las calles de Atenas descalzo, vestido con una túnica raída por el tiempo, conversando afablemente con un grupo de seguidores, en su mayoría jóvenes, para muchos de los cuales conocerlo había significado comenzar una nueva vida. Se sabe que su apariencia era rústica y descuidada, incluso algunos testimonios subrayan su fealdad, sin embargo el hechizo de su presencia era irresistible, una seducción que iba más allá de las palabras o los juegos verbales, una indefinible atracción espiritual y física. Pese a su pobreza y marginalidad, con frecuencia era invitado a cenar en las casas de los ricos, quienes bebían sus palabras y su extraordinaria inteligencia, y quizás también ellos examinaran sus conciencias.
Con todo, Sócrates no fue un místico ni un anacoreta. Había estudiado profundamente a los sabios que le precedieron, pero fue descartando toda especulación y toda rama del conocimiento que lo apartara de sus requerimientos fundamentales: ¿cómo debemos vivir?, ¿cuál es la exacta diferencia entre el bien y el mal en cada acción?, ¿cómo alcanzar la justicia en cada acto privado o público y en cada decisión?, ¿cómo ser mejores para los demás y para uno mismo? Buscaba darle una base sólida a la virtud y a la conducta humana, un fundamento que supere la opinión corriente. Sin embargo, la más extraordinaria paradoja socrática fue que al inaugurar el método científico en el pensamiento filosófico y moral, lo hiciera mediante un procedimiento empírico, casi espontáneo. Su ámbito era la oralidad, y su técnica simplemente preguntar. Preguntar y repreguntar. Llevar a su interlocutor a un inicial desconcierto que provocara la introspección y la respuesta superadora. Como señala George Steiner, para Sócrates el conocimiento era una forma del recuerdo. Consistía en que cada persona recupere, mediante asociaciones, los datos prexistentes en su interior, el conocimiento latente en todo hombre.
SABIDURIA E IRONIA
También es cierto que, pese a ser Sócrates un individuo cordial, un humanista en el completo sentido de la palabra, muchas veces apelaba a la ironía y la irrisión, y sus preguntas incomodaban, algunas de ellas horadaban el bloque monolítico, cerrado y autorreferencial del ocasional encuestado, y con el tiempo y la larga exposición pública las actitudes de Sócrates comenzaron a ser cuestionadas.
Parte del enigma, de la “niebla legendaria” que envuelve la existencia real de Sócrates, se debe a que todo lo que sabemos de él surge de testimonios indirectos, fundamentalmente a través de Platón, que dedicó una monumental obra escrita para interpretar la personalidad y el sentido de las enseñanzas de su maestro. Se sabe que en la mayoría de los “Diálogos”, Platón hizo de Sócrates un fantástico personaje literario, sin embargo en tres de sus escritos: la “Apología”, el “Critón” y el “Fedón”, que narran la condena y muerte del pensador, podemos apreciar al Sócrates “histórico”, con sus propias palabras, que aún hoy resuenan con un poder estremecedor. Este pasaje inaugural de la oralidad a la escritura, que tomó a su cargo Platón, otorgó a su maestro una “inmensidad póstuma”, estableciendo para siempre la imagen de Sócrates como el filósofo por excelencia, “el hombre más sabio y más justo de todos”.
El juicio y la condena de Sócrates, acusado de heterodoxia religiosa y corrupción de la juventud, siguen provocando una reflexión sobre la índole de la democracia. Sentenciado por la votación mayoritaria en un cuerpo de 500 jueces, ¿fue una consecuencia inobjetable de la democracia directa, en todo caso un “exceso”, o fue lisa y llanamente un veredicto viciado de injusticia e infamia? Lo cierto es que el hecho no produjo en la sociedad ateniense ninguna conmoción, todo siguió tal cual. Nadie entonces podía imaginar, salvo quizás los desesperados amigos del sabio, que la muerte de Sócrates, junto con la de Jesús de Nazaret, se convertiría en el futuro en una de las dos tragedias simbólicas más importantes de la historia de occidente.
Resulta asombroso que un hombre de tanta simpleza y economía en su vida, un caminante de las calles y las plazas de la ciudad que jamás abandonó, conversando sobre el bien y la virtud en las cosas humanas, haya cambiado la corriente del pensamiento humano. Tenía una suerte de humildad superior y un cierto hálito pánico y erótico. “La naturaleza y la cualidad del amor -citando otra vez a Steiner-, desde la lascivia hasta la trascendencia, llena sus indagaciones, tanto que ese erotismo -unido a la búsqueda de verdades primordiales -impregnarán el pensamiento y la sensibilidad occidentales”.
MILAGRO CULTURAL
Algunos estudiosos explican el fenómeno Sócrates en el contexto del “milagro cultural” de la Grecia clásica, que produjo “la más importante nómina de estadistas, dramaturgos, historiadores, arquitectos, escultores, oradores, jefes navales y filósofos”. Otros, como Cornelius Castoriadis, en su reciente “La ciudad y las leyes”, inscriben la existencia y la pasión de Sócrates en la lógica específica de la “polis”, la forma de civilidad más perfecta de la historia. En la democracia ateniense, afirma, “el sorteo y la rotación de los cargos se consideran como las instituciones democráticas por excelencia”, y en ellas se expresaba directamente el gobierno del pueblo. Sería impensable que alguien quiera confiscar el poder popular y mantenerse en el poder más allá del período establecido. Sócrates, que vivió enseñando el respeto a la ley, y aceptó una muerte injusta por ese mismo respeto, habría sido entonces el producto y la víctima del sistema.
El pecado que costó la vida a Sócrates fue preguntar, y acaso también no haber participado jamás en coaliciones o facciones de la ciudad. Sostenía que para combatir por la justicia, era necesario ser sólo simple particular y no hombre público.
En la distancia que separa a la polis ateniense, -la forma de democracia más perfecta que se conoce, gobernada por “aficionados”-, de muchas de las erráticas democracias contemporáneas, gerenciadas por políticos profesionales, en su mayoría vaciados de sustento moral y de verdadera responsabilidad frente a sus gobernados, radica la causa sustancial de las crisis que atraviesan el mapa. Sócrates podría ser el espejo en que se miren tantos dirigentes que se enriquecen a costa del destino de los pueblos. Sin embargo los políticos en general prefieren, como Dorian Gray, ocultar su retrato, seguros de su impunidad, convencidos de que, al menos por mucho tiempo nadie, tampoco la justicia, descorrerá el velo del retrato, mostrándoles la imagen de sus rostros deformados.
(*) Escritor. Profesor en Letras (UNLP)
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